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Prohibido morir aquí... sírvase lo que guste

El redescubrimiento de la novelista Elizabeth Taylor, cuatro décadas después de su muerte, permite adentrarse en un universo literario que abreva con frecuencia en la evocación de costumbres gastronómicas quintaesencialmente británicas


Por: Alejandro Bidart*

Son muchos los méritos de la historia que protagoniza en el final de sus días la anciana Laura Palfrey, cuando resuelve irse a vivir al alojamiento Claremont como última posibilidad de eludir un geriátrico; entre ellos, las evocativas descripciones del modo de vivir en la Rubia Albión y sus costumbres, entre las que encontramos numerosas menciones a platos y bebidas que merecerán nuestra columna. ¿Me acompañan?

Cuando el diario británico The Guardian nominó una de sus obras, “Prohibido morir aquí”, entre las mejores novelas de todos los tiempos, Elizabeth Taylor logró despegar su nombre del de la homónima y celebérrima actriz para convertirse por derecho propio en la escritora que todos querían leer. Algo similar ocurrió en Argentina hace algunos meses, al punto que el libro se metió entre los más vendidos, a más de 40 años del fallecimiento de la oriunda de Berkshire, Inglaterra.

Apenas llegada al Claremont, la encantadora anciana aparece munida de su propio paquete de tostadas de centeno y de una caja de copos de avena para el desayuno. Cierra la primera ingesta del día una exquisita mermelada de naranja de buena calidad. Algunas horas después, Palfrey aparece tomando una espesa sopa de apio, mientras otros huéspedes optan por el pollo asado de Surrey o el pavo frío de Norfolk. Minutos más tarde, pasa el carrito de los postres con un cargamento de temblorosas gelatinas rojas y ensalada de frutas aguada con rodajas de manzanas y bananas. Ah, y budín de pan, claro. Alguien recuerda que es viernes, y pide el riguroso estofado al que acompaña con un jerez demi-sec o un Dubonnet.

Al compás del transcurrir de los días en el elegante albergue londinense, la veterana dama descubre las bondades del salmón ahumado, de los trozos de queso camembert, y de los bordes arcillosos de las hormas de brie. En otras ocasiones, prefiere sandwiches diminutos de pepino. La frágil economía de algunos de los huéspedes les impide comer las costosas castañas de agua, tan aptas para esparcirlas sobre el pollo. Pero no se desaniman, y apuran una buena porción de pescado con papas fritas.

En el exterior, donde encontramos personajes de otra posición económica, es habitual un suculento pastel de carne y riñones, o galletitas y bombones de menta comprados en Harrods. Algunos, al borde de la indigencia, sacian su hambre con una sencilla lata de habas. Y en reemplazo del jerez, sabe parecido un Bristol Cream. En otras ocasiones, un gin-tonic acompaña un pan del día untado con manteca de maní. También circula la sopa de arvejas con crujientes croutons.

¿Ya hablamos de la mítica tienda Harrods? Pues bien, alguien nos recuerda que ahí la carne de ternera es cara, pero que bien vale la pena visitarla para apreciar cómo ponen en mesas de mármol pescados y ostras. ¡Toda una atracción!

Cerca del final de la trama, algunos de los protagonistas asisten a una fiesta fuera del Claremont. En la recepción, se sirven copa de oro, salmón y frutillas, y champán. Enseguida, sandwiches de atún, y omelette de champiñones junto a copas de helado de frambuesa. No falta un clásico: budín de jengibre. Se beben espumante blanco (ácido y aguado) y vino tinto (espeso y turbio). Hay pato asado con legumbres congeladas, y remolinos de papas duquesa. ¿Llegó la hora del postre? Adelante con el medio durazno en almíbar sobre un bizcochuelo embebido en jerez, y con una bola de helado encima. Ya de salida, una copa de crême de menthe es el broche de oro etílico. ¿Las etiquetas de los vinos? Sancerre y Quincy.

Algunos días después, antes de un desenlace que por nada del mundo les voy a revelar a los queridos lectores de Tuco, Mrs. Palfrey aparece comiendo un sencillo guiso de pollo. Pero como tiene usos y costumbres británicos inconfundibles, se va a dormir tras escoger un bombón de cereza y una trufa al ron.

Sólo me resta despedirme hasta la próxima columna deseando haber podido abrirles el apetito. El que saciamos con manjares, claro. Pero también el literario, ya que “Prohibido Morir Aquí” es una piadosa y conmovedora novela acerca de la ancianidad y la existencia.

Buenas noches.

*Ale Bidart trabaja como periodista cultural. Es conductor de "Piso 97", que se emite por FM Provincia de lunes a viernes de 9 a 13 hs.