TUCO/estofado/El visitante

Lo de Seba: picnic en El Dique

Como tantos otros, empezaron al costado de un camino. Primero fue un chulengo, más tarde un tráiler. Hoy es referencia inevitable de las parrillas de la región. Mediodías al sol en “Lo de Seba”, con amigos y en familia.



Por: Pato Cermele
Fotos: Pato Cermele

No hay un mediodía en “Lo de Seba” que el código lugareño no devuelva una postal jamás intermitente. Siempre la misma. Recurrente: una larga fila de comensales, que hacen equilibrio de manera paralela al alambrado y la entrada de autos, esperan ser atendidos en la barra –una gran tabla de madera- para llevarse algunos de los sánguches de bondiola o vacío que salen de a centenares a lo largo de cada jornada.

Se puede pensar que el primer gran guiño de “Lo de Seba” es su ubicación; por el verde, dentro mismo de uno de los parques municipales ensenadenses más atractivos, el “Martín Rodríguez”. La parrilla, ahora una gran casona de madera ampliada con dos salones e indistinguible a ojo de los que tienen el recuerdo del viejo tráiler rutero, se abre sin dificultades para los que llegan en auto desde El Dique y entran por el Camino Vergara.

Ubicada sobre 43 y el cruce de la 127, el crecimiento exponencial de la parrilla fue de la mano de la bonanza económica de los primeros años de esta década. Era, y es, una parada ineludible de los cientos de laburantes de la Refinería y la Petroquímica. El clásico sánguche al paso para cortar el turno del mediodía con un vaso de gaseosa o una cerveza siempre permitida.

El parque municipal abierto al público le da al lugar un aura difícil de conseguir dentro del casco urbano platense: comer y pasar el mediodía hasta que cierre (hasta las 16 o 17), como en una casa de campo, al estilo de esos retiros tan en boga hoy vendidos como “recorridas campestres”. Bueno: acá no hay recorrida y el cliente es el que saborea su propia aventura. Uno puede elegir el sánguche al paso; sentarse en alguna de sus mesas, esperando ser atendido por moz@s que - inevitablemente y siempre con alguna escusa amable- tardarán en llegar y con las “disculpas” del caso; o, quizás la más atrayente, llevarse una vianda propia de bebidas y pasar la tarde en el parque sumando achuras y porciones de carne del propio restaurante. En “Lo de Seba” se puede. Y eso lo hace único. Llegás y sabés que vas a volver…

Las porciones son abundantes, ideales para compartir entre dos personas. El vacío a punto pica entre lo más granado. Se recomienda acompañar con las papas fritas que también son una especialidad del lugar; o con una buena porción de chinchulines al limón. Para los díscolos de la parrilla, también habrá alguna minuta en forma de milanesas –supremas y napolitanas- con guarnición para no quedarse con las ganas.

Una reseña de “Lo de Seba” no puede no terminar sin rememorar una leyenda. Leyendas que, como muchas, importan más por el mito que por la propia veracidad del relato: hubo una tarde, un feriado de calor promedio, que el boliche parrillero se transformó, de repente y a la vista de muchos, en un gran tenedor libre para decenas de muchachos. Venían a sumar fuerzas de movilización a un acto de la zona. Entraron, pidieron permiso, saludaron. Fueron segundos que no llegaron a minutos para que todos saciaran el hambre y la sed, sirviéndose, como autoservicio, sánguches y gaseosas de la parrilla y la heladera, mientras los parrilleros aprobaban con pasividad y con un guiño cómplice de lealtad…