TUCO/estofado/El visitante

“¡Ah, pero qué cantidad!”

El secreto de “El Bodegón”, repleto de lunes a lunes en la esquina de 7 y 70 con precios populares, es mantener la identidad del morfi en tamaño y calidad. La napolitana de ternera, con huevos y las obligadas fritas, entró en el terreno de la leyenda. Y llevar el Tupper, para lo que te queda, no es pecado sino condición necesaria.



Por: Pato Cermele
Fotos: Pato Cermele

Un aura envuelve al Bodegón de 7 y 70. Es simplemente situarse en la esquina del local, sin pretensiones ni cartelería gastronómica, y con el olor a asado como inexorable anzuelo; el barrio, sobre la todavía empedrada avenida 7, a metros de ese límite difuso de civilización y barbarie (sic) que separa, en la 72, a Villa Elvira del pretencioso cuadrado platense; y ese secreto cada vez más difundido y conocido que lo hace un restaurante único en la ciudad por el tamaño XL de las porciones en cada una de las especialidades de la casa.

La carta –negra, de cuerina, con hojas en folios como en los viejos bares de minutas- lo anticipa de movida, apenas uno se sienta y es abordado por el único mozo a cargo de todo el salón: “Todos los platos se sirven con papas fritas”. Allí, mientras se degusta algún grisín o pan de salvado untado en la mayonesa de ajo que se sirve como entrada, empieza la titánica tarea del comensal por elegir la combinación exacta de calidad y cantidad. Será la única manera posible para que la mesa no desborde de platos y abundancia, que obligarían a buscar ocasionales invitados para comerse todo lo que te sirvieron…

Quien conoce “El Bodegón” sabe de memoria la fórmula nocturna de este éxito: las porciones que inundan cada plato se calcularán siempre para dos. Es una mandato irreductible, de manual, que sólo desconocen los que llegan por primera vez y se inclinan por la clásica porción individual de cualquier espacio gastronómico. La antítesis perfecta de la difundida cocina molecular que agranda el mito, a base de porciones diminutas, coloridas y sofisticadas (sic).

Y el que llega sin conocer, el curioso que lo ve “de pasada” y entra atraído por los aromas y la fachada de la entrada, con puertas de madera y vidrio y un pequeño zaguán en escalera para la espera, tendrá que contar con la inexorable ayuda del mozo (legendario y de años, Maxi, a cargo de las doce mesas que conforman el comedor) que debería ser el guía para prevenir a los clientes ante el seguro y desfasado pedido. Aunque el mito, se sabe, dice otra cosa: como una estrategia ineludible, el mozo jamás te anticipará lo que se prepara en la cocina, dejará abierta la puerta de la primera impresión y escuchará la reacción que se repite noche a noche: “¡Ah, pero qué cantidad!”.

En épocas difíciles para la gastronomía, con caída del consumo y recortes en las salidas de amigos y familiares, el secreto de “El Bodegón”, lleno de lunes a lunes, sigue siendo mantener la identidad del morfi en tamaño y calidad. “Es que no podríamos nunca achicar los platos. Es la marca nuestra, la gente viene por eso”, se sincera Alejandro, el encargado del histórico boliche, que también hace las veces de parrillero, en una icónica imagen de lo que es la polifuncionalidad laboral característica del lugar.

La napolitana de ternera, con huevos y las obligadas fritas, entró hace tiempo en el terreno de la leyenda. Se sirven dos milanesas, una encima de la otra, que cubren el plato y se dejan caer casi diez centímetros de cada lado. Una inmensidad que sólo puede empezar a comerse pidiéndole al mozo otro plato -vacío, claro- para dividir la porción en dos.

¿Otras marcas del Bodegón? La saltimbocca a la romana o el lomo a la riojana (¡casi 15 centrímetros de altura de comida); la tortilla de papas y cebolla; y los cortes a la parrilla, que si es para dos, comerán cuatro; y si es para tres, lo harán seis. Todo así: abundante y exagerado, como para no dudar en volver rápido al lugar de la faena.

Casi quince años en la esquina de lo que era una mítica tanguería, en 7 y 70, zona de fuerte raigambre de bares donde taxistas y laburantes se juegan algún peso de la diaria en una fija, hay una imagen colorida que se repite día a día para los que llegan sin el Tupperweare: los clientes pedirán la cuenta y le dirán al mozo: “Guardame todo lo que me sobró en una bandejita para mañana…”.