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Bacci, el mito viviente

Se cumplen 70 años en diagonal 79 casi 1 del bodegón pizzero que une a casi cuatro generaciones de platenses. La historia de la ciudad bien podría narrarse desde cualquiera de las anécdotas que atestiguan sus mesas, al calor de la masa alta y esponjosa.



Por: Pato Cermele
Fotos: Pato Cermele

La leyenda que recae sobre la famosa Casa Bacci es tal que tiene tantos amantes como detractores. Y no está mal que ocurra, si de gustos y tipos de masa hablamos. Están los que dicen (arriesgo, una minoría) que la pizza jamás puede ser un “bizcochuelo salado”, en alusión a la conocida altura de esta icónica pizza platense; y los que no pueden resistir (apuesto, una mayoría) al gusto único de comerse una al corte de espinaca o muzza recargada, servida en una saturada barra de hombres al paso (taxistas, changarines, universitarios, glovers) con moscato.

Los mitos sobre Bacci (su historia y su presente) van y vienen, más vivos que nunca. Porque si al local de diagonal 79 lo sobrevuela la nostalgia del paso de los años, apuntalada en una estética inamovible de luces blancas, botellas de vino con etiquetas ilegibles, cuadros oscurecidos por la grasa y cartelería en desuso, no es menos cierto que su presente de local abarrotado de martes a domingo lo convierten hoy, quizás, en el espacio gastronómico con más comensales en el cuadrado platense.

Anécdotas, mitos: un simple googleo de un foráneo sobre Bacci lo llevará a dar con Barreda. Dice el cuento que, en esas mesas, una noche de noviembre de 1992, el múltiple femicida confesaba su cuádruple crimen ante la vista de un incrédulo abogado al que había convocado no sin moscato y muzzarellas.

Fundada a fines de los ’40, Bacci tuvo su primera versión como un exclusivo negocio de helados. Así fue durante años, cuando el local ocupaba la mitad del espacio de hoy y era vecino de la célebre rotisería de los Palumbo, en el portal de entrada al barrio Mondongo.

Entre la convivencia pacífica entre albirrojos y basureros -aunque por simbiosis histórica de sus viejos dueños siempre fue una pizzería “más tripera que pincha”-, Bacci también encierra su lado B en tintas de afinidades políticas. Muchos militantes, universitarios, de base o cuadros formados, solían tener cierto privilegio del vip de la mesa del fondo, aislados del resto, cuando el anonimato era la mejor manera de seguir en carrera por las diagonales de la ciudad en los años que antecedieron al tsunami de la dictadura. Mitos, leyendas, verdades…

Los mediodías suelen mostrar la cara más solitaria de Bacci, con esperada ausencia familiar y la visita de hombres solos que dejan correr el tiempo con la única compañía de una rústica grapera de aluminio y su vecino preferido, la botella de tinto o moscato, que siempre indaga en el gesto cómplice del ocasional cliente sentado al lado.

Pero si el secreto es que, de izquierda a derecha o de amantes a detractores, Bacci tiene la exclusividad de ser una pizza única por volumen y tipo de masa (alta y de dos centímetros, sobre todo de noche cuando la fermentación descansa desde el mediodía), lo es mucho más por su precio y su carácter inexorablemente popular.

Y no sólo porque Julio, “el de rulos”, cuente tantos años como mozo del lugar como porciones ofrecidas sin cargo a los que pasan y piden sin tener un mango. Es el lugar donde una “familia no tipo”, la que suele contar con varios integrantes (que abundan en la noche, sentadas dentro y fuera del local), se puede dar el gusto de salir “a comer afuera”.

Padre y madre con cuatro hijos que pidan una muzzarella grande, otra especial de jamón, alguna gaseosa y unas cervezas o un moscato, no consumirán más de 700 pesos, un precio razonable para el esforzado bolsillo del laburante de clase media baja.

Eso también la hace única: popular y cada vez más legendaria.