TUCO/estofado/El visitante

La Colonial, un refugio que cierra

Era un bodegón de porciones generosas, rico y barato, como pocos en la ciudad. Había cumplido 40 años. Pato Cermele cuenta la última noche de un lugar que "entró en refacciones".



Por: Pato Cermele
Fotos: Pato Cermele

El 31 de julio pasado recibí mensaje de un grupo de Whatsapp donde el hedonismo y el morfi son temas recurrentes: “El Bebe nos espera en la Colonial a los de siempre. Puso algo en Facebook. Cierra”.

Escueto y al mentón. El rumor corrió rápido entre los de siempre. No entendí de dónde venía. Me obligó a las repreguntas.

¿Cómo que cierra?

"Lo agarra un primo o alguien cercano que le quiere cambiar la cara (sic). Algo así”, respondió una persona que apenas había visto una sola vez a la salida del baño del Colonial. No recordaba que habíamos intercambiado los números de teléfono.

La Colonial, “El” Colonial para casi todos, se mantenía como un enclave en la esquina de 4 y 60 y se destacaba en la agudísima oscuridad de esa zona siempre postergada por el alumbrado público. Las tenues luces del boliche perdían fuerza, además, hacia el exterior por los largos cortinados blancos anudados al medio en cada una de las ventanas.

Era un bodegón que servía porciones generosas, rico y barato, como pocos en la ciudad. La entrada del local tenía grandes distintivos, como marcas de piel. Uno era el pizarrón de precios hecho a mano con tiza blanca, con el menú del día al frente. Podía ser tapita al horno con papas, guiso carrero, mondongo a la española o canelones con estofado, con precios que no superaban los 160 pesos y piezas abundantes para, incluso, compartir entre dos.

El letrero se apoyaba sobre las rejas de estilo colonial que se abrían hacia la calle como antesala de las puertas de madera. Todo ese “marketing” se acentuaba con el fileteado del cartel que aún reza “Pizzería Colonial” y que sobresale sobre la vereda de 60; y, del otro lado, por un viejo indicador de vialidad pegado a la pared que le pone nombre propio a la calle 4, de nomenclatura desconocida para la mayoría de los platenses: Manuel Belgrano.

El lugar había cumplido 40 años ininterrumpidos en esa esquina de paso hacia barrio El Mondongo o hacia Berisso, según la deriva de cada quien. Era “De Francisco Ramón Figueira”, como se aclaraba en el frente de la carta menú que aún conservo. El padre del Bebe lo gestionó durante más de tres décadas y el legado pasó entre manos familiares. Su hijo se había puesto el proyecto al hombro casi cinco años atrás, hasta esta noche de julio en la que se confirmaría que el futuro había llegado.

“Seguro abrirá ahora un lugar para otro tipo de público, modernizado y con una lavada de cara”, imagino me responderán algunos cuando en plan de reportero busque alguna señal de la nostálgica vuelta de página.

Una época que se refuerza con el boom de la sobreproducción cervecera artesanal -como gusto, hobby o rescate personal- combinada con una pendiente económica tan actual como profunda y que, de una u otra forma, salpica a este tipo de lugares. Elige tu propia aventura, pero La Colonial ya no será como era. Un refugio menos en La Plata.

La última noche, la del 31 de julio que se hizo 1 de agosto bien de madrugada, sin embargo fue festiva. Nos encontramos todos; los de siempre. Hubo vino, claro. El “De la casa”, que vaya uno a saber de qué damajuana prontuariosa vendría. Mientras se servía a todos sin consultar, el Bebe se ocupaba de ir entre las mesas, sin ahorrar abrazos, convencido y remarcando que serían “sólo algunas refacciones”, como si sobrevolara un tardío arrepentimiento.

Algo de ese ruido único que cobijaba en La Colonial a solitarios con alma que preferían un lugar amable y con morfi barato, se ancló para siempre el 31 de julio, por más que el cartel casero colgado sobre la reja diga ahora: “Estaremos cerrados durante todo el mes de agosto por refacciones”.

Perderemos verlo al Bebe con el guardapolvo azul, al lado de su hijo, sugiriéndonos el menú del día. También ir a comer solo y encontrar la complicidad del que llegó antes, que te convidaba, sobre el mantel de hule, la jarrita de medio de tinto que había comprado a 50 pesos; los abrazos y el respeto de pinchas y triperos, pese a que el reducto, por mandato y pasión familiar albirroja, sirvió de festejo de tantísimas vueltas olímpicas de Estudiantes. Pero, sobre todo, perderemos un refugio de resistencia gastronómica, social y cultural, donde los buenos siempre se encontraban, sin WiFi ni Twitter de por medio, en uno de los últimos bodegones donde se comía abundante y barato.