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“El chef”, una de suspenso (y gastronomía) en el camden town londinense"


Por: Alejandro Bidart*

"¿Es verdad que en los restaurantes de lujo afeitan los hocicos de los cerdos con espuma y navaja, como en las barberías, y que incluso llegan a usar un soplete para quemar pelo, que siempre deja un olor turbio al que cuesta disimular?"

Escribir una novela con toques de humor negro, sin caer en el absurdo de no hacer reír, es tarea difícil. Si a esto se le agregan detalles casi escatológicos y salvajes, lindantes con la crueldad, el riesgo es aún mayor. La novela “El Chef”, ópera prima del cocinero y escritor Simon Wroe (Camberwell, 1982), sale airosa de todo esto mientras nos relata su propia vida entre las cocinas de un pub gastronómico, el Swan, con un jefe chiflado y torturador y compañeros al borde de la locura total. A este particular elenco se le agregan un padre tóxico del que no logra librarse, y algunos elementos más que completan el menú literario. Nuestro protagonista, que narra en primera persona, ha terminado su carrera universitaria en Letras, y el único trabajo que logra encontrar es el de pibe de los mandados en un restaurante de cierto prestigio de su barrio.

Pronto descubre que detrás de las puertas de la cocina se esconde un mundo lleno de freaks peligrosos. Y así es que lo que empezó como un trabajo de necesidad para poder pagar el alquiler de la habitación de mala muerte en que vive, se convierte poco a poco en algo más. Y de este modo el pub Swan termina sacando lo mejor de él, y lo pone en una etapa distinta a todo lo hasta entonces vivido.

“En realidad, lo mío es ser escritor, pero como el éxito y la fama, que sin duda merezco, parecían demorarse, tenía que afrontar el problema más inmediato, o sea, pagar la renta para no tener que dormir en las calles de Camden Town, algo ciertamente desagradable para quienes tenemos la sagrada misión de ofrecer al mundo bellas metáforas” relata el protagonista: “la salvación me llegó con una oferta de trabajo del Swan, un pub del barrio con ínfulas gastronómicas que me conchabó como pinche de cocina. Arte culinario, arte narrativo, actividades emparentadas, así que la cosa no pintaba tan mal, hasta que descubrí, no sin sorpresa, que aquello era un auténtico infierno. Y no por el calor de los fogones, sino porque además de las jornadas de quince horas había que soportar al maldito Bob, el chef, un energúmeno sádico y despiadado, aficionado a machacarte con castigos tan sofisticados como encerrarte en una cámara frigorífica… ¡Rodeado de langostas vivas!".

Antes de pasar a los momentos gastronómicos, permítanme introducir una magnífica cita textual de la novela acerca del barrio donde se desarrolla la historia: “Camden Town, escenario de un millón de rebeliones adolescentes. Donde los punks comen en cadenas de comidas rápidas y los rastafaris sólo llevan hierbas aromáticas en sus bolsillos. De iconoclastas retratados posando. Tras varios días de viento y lluvia sucia, Camden Town se convierte en un barrio mezquino y miserable que hace que a la gente se le quiten las ganas de salir...”. A esto sólo me permitiría agregar que es el sitio en el que nació y eligió vivir hasta su muerte la inmensa cantante de soul Amy Winehouse, y que según sostienen muchos periodistas de rock ingleses es el lugar geográfico en el que nació a inicios de los ’90 el britpop.

“Dos peras, dos clafoutis, una galache. Puré de chirivía. Lubina. Raviolis. Bouquets de hierbas. Echaba en la freidora unos cubos empanados de paté de cabeza de cerdo. Remoulade. Salsa gribichea. Lechugas y berros de todos los platos fríos. Urogallo. Bouquet de berros. Chifonada de menta. Paté de gambas. La tersura de los limones junto al carrito de los quesos..."

De elementos y preparados, y condimentos como éstos que he transcripto, la novela tiene cientos. Pero una frase perdida en medio de uno de sus capítulos es, tal vez, una de las síntesis más perfectamente acabadas acerca de este mundo que amamos tanto los que hacemos como quienes nos leen en Tuco Web. Y es la siguiente. “La cocina: una elegante disculpa por un acto salvaje”. ¿No es maravillosa? Un sitio en el que se despedazan cerdos y pollos y vegetales, y se los somete a cocciones impiadosas, al que finalmente le llegará la redención gracias a algo tan refinado como el elevado arte de comer bien.

El bueno de Simon Wroe sabe que a todos nosotros nos gusta espiar tras los vidrios que nos separan de los artistas de los platos, y nos regala un fragmento que esconde la receta de un pastel al que algún día me gustaría probar en un bodegón argentino. Ahí va:

“Calentar azúcar para una pera caramelizada en una sartén, mientras se echa masa de clafoutis en dos ramequines enharinados y se los mete en el horno junto a dos alcachofas confitadas. Depositar mantequilla sin sal en la sartén, junto al azúcar, y agregar peras cuarteadas -a las que se les sacó el corazón antes de echarlas en la sartén con el caramelo-. Cuando el caramelo empiece a humear, echar un chorro de brandy agregar la preparación a lo que está en el horno. Dejar cuatro minutos allí dentro, y a servir”.

Buen apetito y buenas lecturas, queridxs lectores. Hasta la próxima.

*Ale Bidart trabaja como periodista cultural. Es conductor de "Piso 97", que se emite por FM Provincia de lunes a viernes de 9 a 13 hs.